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Edades de 8 a 16 años

29 dic. 2010

¿Cuál es la solución a la violencia estudiantil? Por Lcda Luisa Carrasquel

Son las 12.10 del mediodía, hace un sol intenso, propio de nuestra cálida ciudad; en las afueras de una institución cualquiera hay una rueda de estudiantes gritando “dale, dale, ¿Qué esperas?”. Dos chicas, sus edades deben rondar entre los doce y catorce años, rojas de la furia se gritan insultos una a la otra, el motivo quizás es insignificante, pero la verdad es que el desenlace de esta historia vestida de camisas azules escolares es que una golpeara a la otra y ambas saldrán heridas en el enfrentamiento. Para los demás estudiantes esto es un episodio más de la dura vida del estudiante venezolano, la violencia y el lenguaje del más fuerte es el único código de comunicación que manejan , es el único modelo de socialización que conocen.

Los niños y jóvenes se ven afectados por todo lo que sucede en la sociedad en la que vive, ya sea de manera indirecta o indirecta. Las investigaciones asocian la violencia en los niños a una ausencia de modelos adecuados para identificarse. Los rápidos cambios que caracterizan la vida actual, sumados a las contradicciones, ambigüedades y distorsiones en las comunicaciones interpersonales, perturban la comprensión y el sentimiento de seguridad de los niños, que están aprendiendo, no sólo a leer y escribir, sino también a vivir y amar.

La violencia se da entonces como una respuesta inadecuada ante situaciones que no pueden manejar o entender. En la investigaciones realizadas sobre el desarrollo infantil en estas condiciones, se llega a la conclusión de que “la afectividad, adaptación y desarrollo senso-perceptivos son los más deficitarios”. En definitiva, si los padres y maestros descalifican, los niños van a repetir en sus relaciones este modelo descalificante e intolerante.

Le parecerá común la siguiente historia donde “en una prueba un niño le pide prestado el borrador a su compañero, este se mueve y se la da, cuando es sorprendido por la maestra, quien sin esperar que el niño se defienda, le acusa de estar copiando el examen de su compañero, el niño se siente violentado porque su buena acción cooperativa, fue mal interpretado por la docente, y en reacción ofrece una mala palabra a esta, quien le grita y le quita la opción de culminar el examen. Quizás en situaciones anteriores este alumno si copiaba de otros compañeros, pero esta vez no lo hacía, y por el prejuicio que está establecido en la docente, en esta única ocasión fue injustamente reforzado a no superarse.

El empleo de la fuerza se constituye en un método posible para la resolución de conflictos interpersonales, como un intento de doblegar la voluntad del otro, de anularlo, precisamente en su calidad de otro, pero la mayoría de las veces solo logra aumentar la resistencia al cambio y anula la posibilidad de extinguir la conducta violenta.

Tenemos que tener presente que cada niño llega al aula con su pequeña y gran historia. El maestro debe tener la flexibilidad y la amplitud necesarias para contener esta diversidad a través de la solidaridad y el respeto. Es en la escuela, pero también en la familia y en la sociedad, donde deben producirse cambios.

Hoy más que nunca, debemos hacer a nuestros alumnos partícipes de las decisiones. Deben tener un rol activo y comprometido, y desde ese lugar hacerse cargo de sus responsabilidades. Deben saber que su conducta trae consecuencias, y que ellos son responsables de las mismas. Esto no significa dejarlo solo, sino acompañarlo, cumplir con nuestro rol de puente de integración hacia el conocimiento y la adaptación social.

El comportamiento disruptivo que a veces manifiestan en la escuela algunos alumnos, puede deberse a que no han aprendido a estructurar de forma coherente su conducta en relación a la conducta de otras personas. Esta deficiencia los lleva a intentar, por ejemplo, pedir afecto y atención con conductas agresivas, con lo que consiguen precisamente lo contrario. Ayudarlo a aprender autodisciplina, responsabilidad y a trabajar la inteligencia emocional y social es la mejor manera de responder a lo que el niño está demandando, y al mismo tiempo desarrollar su autoconfianza y autoestima.



La escuela posible, sería entonces aquella abierta al diálogo, que intervenga en el campo de la subjetividad de las personas. Es necesario, que como docentes, podamos superar el miedo y pasar a la acción, si queremos realmente reinstaurar la paz en nuestras aulas.



Las instituciones que permiten a sus miembros el máximo espacio de afirmación personal, son aquellas más pacíficas. Por ello es necesario que se implementen espacios de reflexión, agregándole una asignatura más al currículo estudiantil donde se enseñe a relacionarnos de forma más coherente y pacífica, una educación para la paz.

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